Verdad destructiva.
Era mal de amores, pero solo yo podría saberlo. Se escondía entre ojeras, mal humor y pocas palabras. Caminaba, por la vida, como dicen los filósofos, murmurando. A gritos silenciosos sus ojos dejaban saber dolor. Miradas profundas, dolores agudos, sentimientos nocturnos. Noches de llanto, días de encanto. Entre tanto desencanto, un mal largo. No era miedo, el miedo era libro cerrado. Decíamos dolor, mucho dolor. Difícil de calmar, imposible de meditar. Gran desilusión, maldita ilusión. Se justificaba en que los estudios le agotaban, que largas noches le irritaban. Mentiras y escapes. Inerte, inestable, insensible. El dolor salía a gritos, y esos gritos eran lágrimas que nunca dejaba salir. Su fortaleza era aquél mal humor que lo guardaba todo. El único dolor era aquél mal de amor. Todo lo que no hacía sentido, era parte de ese martirio. Olvidar no era fácil. A veces leía que necesitaba un año, a veces una vida. Por esta vez, parezco estar necesitando la...