Diario de un Iluso, ii.
Nuevamente lejos de poesía, historias y metáforas, el diario de un iluso. Han pasado varias semanas, han cambiado demasiadas cosas. Hoy desperté destrozado, indudablemente destrozado. Días de esos que nada sale bien, que pierdes muchas horas mientras emergen lágrimas de tu ser, y mil momentos de deseos de dejarlo todo, a penas ha pasado mitad del día y así es como podría describir este infierno.
Completé una gran meta. Fui instructor, maestro o profesor, como quieran decir durante un semestre. Una experiencia hermosa, sin duda, pero agotadora también. De aquí me llevo mil anécdotas y demasiado aprendizaje, más del que pude haber brindado yo a mis estudiantes. No lo niego, se sentía muy raro que con a penas dieciocho años daba clases a personas mucho más adultas que yo, y que aún así recibía todo el respeto necesario. Cada viernes a la una de la tarde dejaba mis males en mi oficina y en aquél salón repleto de aparatos tecnológicos, comenzaba mi rol, comenzaba una felicidad indescriptible, y hasta mi mal humor se calmaba, o empeoraba, pero todo era distinto. Comprendí que lo profesional y lo personal no siempre deben ir muy de la mano, que mis infortunios no eran razones para desquitarme con seres que buscaban educarse, y finalmente así fue, un poco difícil, pero lo conseguí. Insoportable tal vez, y un poco rudo, bueno, esa es mi esencia, pero disfrutaba cada minuto allí enseñando, y los que no también. Fueron extensas horas sentado en mi escritorio junto a mis espejuelos y el cordial bolígrafo verde (color favorito) corrigiendo ensayos, tareas o exámenes. ¡Qué muchos dolores de cabeza!, pero qué mucho me reía con sus escritos. A partir de esto comprobé que ser educador para mí no es una opción primordial, pues no es algo que me llene en todos los aspectos, y aunque con suerte seré contratado el próximo semestre nuevamente, seguiré dando lo mejor, o intentándolo, finalmente no es tan malo desarrollar un poco de paciencia.
He pasado un semestre semejante a una montaña rusa. Veintiún créditos, nada imposible, pero un poco complicado. Las noches dirigidas a hacer trabajos, leer o estudiar fueron incontables, y aún falta una semana de infierno. Del único modo que he estado bien es académicamente. Eso me hace sentir un poco miserable. El poco, o ningún tiempo que he tenido para mí no me ha dado abasto para quererme como necesito. No sé lo que es sentarme y leer un libro por placer, mucho menos lo que es una salida light con buenas cervezas y conversaciones. De hecho, no veo a la mayoría de mis amistades, solo a mis dos mejores amigas, y no con mucha frecuencia. Sin embargo, me encanta trabajar bajo presión, he disfrutado aprendiendo tanto, y no lo niego, me gusta amanecerme, haciendo trabajos o no, dormir no es un gran placer en estos momentos de mi vida. Todo el estrés se resume en mal humor y pocas ganas de hablar con la gente, pero bueno; ahí vamos, así soy.
Mi vida amorosa, ¡un fiasco! Mi pasado sigue azotándome, aunque bueno, ni tan pasado. No es pasado cuando me quiere, cuando me despierta y me duerme, cuando jamás se ha ido de mí. En este aspecto soy un poco mísero, y mejor ni abundar. (...)
La melancolía me arropa aunque intento ser una roca. El hecho de vivir lejos de mi familia comienza a doler. No poder abrazar a mi madre cada vez que quiero es mi peor amanecer. Encima de todo, sé que son mis sueños, y ellos en la distancia me apoyan. Estoy loco de terminar este semestre, de irme y perderme en mi campo, allí donde más feliz puedo ser.
La sociedad, el gobierno, que mucho me re joden las emociones. Ya ni sé qué soñar, qué metas marcar o qué hacer más allá de planificar mi futuro a corto plazo gracias a todas las caídas que tenemos que sostener. He perdido un poco el enfoque, no lo niego, y no me culpo, pero tampoco culpo a alguien, de mí depende el estar bien o no, y espero que sea un sí.
Con mucho que decir, pero prefiriendo callar, frente a una ventana de cristal y una temperatura de noventa grados, mis emociones y mis dolores, míos. Ramón Sotomayor.