La renuncia.


Alejarse siempre ha sido un trabajo de sentimientos fuertes. De pronto, te encuentras frente a una decisión aterradora, y dudas entre irte, quedarte, gritar o llorar. Sucede en muchos ámbitos; con los amigos, el amor, los lugares y hasta la familia. Un poco menos de esperar, sucede con el trabajo. La vida nos lleva por un camino de progreso, o eso creemos, y de pronto, nos encontramos entre espada y pared, y no sabemos cuándo detener un empleo, cuando ha sido suficiente. Es de entender, durante un tiempo determinado, hemos dedicado nuestro tiempo, y junto con el, nuestra vida a una compañía que nos ha empleado como recurso humano. Dependiendo de nuestra personalidad y modalidades, hacemos del trabajo nuestra vida, o simplemente lo tenemos como un pasatiempo. 
Existen, o existimos, aquellos que sin darnos cuenta, giramos nuestra vida en torno al trabajo. Puede que la vida y necesidad nos obligue, sin embargo, hay un sentimiento muy profundo que hace que suceda, y satisfactoriamente. Me adentré al mundo laboral con solo dieciocho años, y desde entonces, he laborado para tres empresas distintas, esta vez, narro la historia de la segunda, sin ponerle fin, pues ha sido un imposible sentimentalmente hablando. Entré a una compañía tímido e inocente, pero cautivado por algo que me distingue, indudablemente, las ganas de hacerlo bien y cambiar el mundo desde cualquier perspectiva. No dudé, lo hice bien, y comencé a crecer. 
Desde un primer plano, en contacto directo con el cliente, dediqué, cuerpo, alma, humor y entrañas en hacer a cada cliente feliz, en hacerme feliz. No faltaron los halagos, aunque por ellos no vivía, me llenaban más las sonrisas por buenos servicios. Cayeron en mis manos muchas oportunidades, asensos, traslados. Rechacé unos, acepté el último. Fue definitivo, haría algo que nunca antes, me adentraría a otros senderos. Comencé a tener bajo mi cargo un departamento entero, y junto con ello, la supervisión de un gran volumen de compañeros. Resultaba casi inaceptable para algunos, no había siquiera terminado mi periodo probatorio, y ya me encontraba en uno de los departamentos menos accesibles y de más confianza. En muchas ocasiones me senté y cuestioné, ¿De veras merezco esto? Pero, a pesar de tantas dudas, nunca tuve desliz en aprovechar la oportunidad de la vida, de crecer y hacerme alguien capaz. Al paso de un año y un poco más dentro de ese departamento, me he topado con muchas otras oportunidades de asenso, de crecimiento personal y profesional y es entonces cuando cuestiono, ¿Es momento de renunciar?
No se trata de renunciar a un trabajo, se trata de renunciar a lo que ha sido una vida, exquisita en trabajo, donde, entre buenos y malos momentos, he recibido el trato merecido, me he ganado el respeto, incluso de aquellos que poseen más edad que este servidor, y que encima de todo, he sido feliz. Aprendí a valorar y amar el trabajo tanto como mi papá. Ha sido un año en que nunca ha salido un no de mi boca para el trabajo, sin importar circunstancia. He logrado mucho, en lo personal y en lo laboral, tanto, que este mismo empeño me llevó a donde me encuentro hoy, la compañía más grande de mi nación. No me lamento por crecer, no me lamento por hacerlo bien, pero me cuesta partir. Soy débil y he amado todo lo que he hecho y sigo haciendo. Se me hace difícil despegarme de un año, de ciento ochenta empleados, de una ruta detestable de semáforos y mucho tráfico. 

Vuelvo y me siento, consciente de que ya es tiempo de partir, a horas de la madrugada, o al medio día, y cuestiono, nuevamente, ¿Cuándo será el momento en que sepa decir hasta pronto? Doy por cerrado lo difícil que ha de ser para mi persona decir adiós, en cualquiera de los aspectos. Me llena de tristeza, me inunda el alma, me tiemblan los dedos, pero pronto, tal vez mañana, seguramente dentro de un mes, diré adiós, y guardaré este relato, junto con mi memoria, a este gran recorrido, vida. 


Entradas más populares de este blog

A veces

Diario de un Iluso, ii.

Verdad destructiva.