Fragmentado.

     De ti, de mi, de nosotros, de lo que pudo ser, de lo que no es, de lo que quisiera que fuera, en fin, de un gran infortunio, de todo el dolor, del sufrimiento que comienza y del olvido que no llega. Deseos de odiar, anhelos de amar, pasiones que calmar. ¡Todo tuvo su final!

     Interés mutuo. Te conocí, sin nada de protocolos, me conociste por igual. Pasaron los días, el interés crecía. No hubo falta de gritar que me interesabas, no fue necesario decir que te deseaba. Lo supiste, tú, con tu esencia e inteligencia. ¡Qué personalidad! Qué bonito, qué amable, qué interesante. Metas claras, conversaciones sin monotonía y mucho más consentido de lo que podría merecer yo.

     Deseos de abrazos como antecedente. Querer vernos como estrategia principal. Un par de intentos fallidos. Por fin se logró. Una tarde, frente a cualquier mar, como tontos, nervioso y sin saber que decir. Finalmente, nuestras miradas se encontraron, nuestras manos se rozaron y nuestras voces se mezclaron. Conversación exquisita, ambiente espectacular. Si tendría que definir perfección, en ese momento sería la definición.

     Primer abrazo, ¡qué salvajes!, luego de jugar y correr por toda la arena, con miedo a que arrancara su gorro, me pidió abrazarme de espalda, me negué, quería abrazarle de frente, y aunque fue muy tonto, me aguantó las manos, ja. ja. Bueno, fue rico, riquísimo. Su olor, su textura, su fortaleza.

     Juegos tontos. Tirarle arena, pellizcar o aruñar, apretar los dedos de sus pies. Espetarle mis llaves, tirarle mis llaves, ¡qué intranquilo soy! No lo había dicho antes, pero sufría de "gaguera", y eso era causante de infinitas risas a mi ser. En persona era un poco peor, y eso también era razón para molestarle, aunque bueno, se me estaban pegando esas "gagueras", y ya no era cómico. Intentos infinitos de quitar su gorro, le corrí, le halé el pie, nos caímos, cayó encima de mi... ¡Qué nervios!, sin saber que hacer, frisados ambos por unos instantes, cuerpos pegados y corazones acelerados, se paró, seguimos, y finalmente logré quitárselo, ¡Ja!

   Irnos, juntos, en motores distintos. ¡Qué difícil! Yo con sus llaves, y con las mías. Nuevamente a jugar de manos, acercarnos y querer besarnos, ¿Por qué no? ¡Guía fatal! No utiliza señales de transito, ocupa las líneas de división... Voy tras su auto, observando cada detalle, repleto de nervios, y pensando, ¿Qué sucederá? ¿A dónde iremos?

     ¡Llegamos! comeríamos, o bueno; comería. Llenos de arena, cómicamente dos tontos. Comía, yo tomaba batida. Le observaba, me observaba. Conversábamos, cada instante se hacía más fascinante.

     Conduciría ahora mi auto. De paseo por su pueblo. Guía menos fatal, pero aún sigue fatal. Conocí sus escuelas de infancia y preparación, casa de su abuela y padre. Calles de su pueblo, lugares de interés. El mar, la caída del sol, todo a su lado. Todo en medio de conversaciones que no terminaban. Tanto que decir, mucho por construir.

     Cayendo la noche, estacionados en algún lugar, motor encendido, radio bajito. Conversaciones continuas, miradas tentadoras. Quiere mis abrazos, quiero los suyos. Toca mi mano, toco la suya. Como todo intranquilo, le pellisco, le agarro la mano. Estudioso, observo cada detalle, sus uñas, su tamaño, su textura. Apretar dedos, acariciar el encima de su mano, sus huesos, sus marcas, ay; ¡que pendejo!

     Entre abrazos y miradas fijas, penetrantes, ¡me besó! Nos besamos, qué rico. Vendrían más, otros abrazos, saborear sus labios, admirar sus sentimientos. No solo era su boca, besar toda su cara, besar su quijada, besar su cachete... ¡Ricos besos! Su lengua juntándose con la mía, mis manos acariciando su espalda, o apretando por su cuello. Morder sus labios, conocer el infierno, pero, ¡qué rico ese infierno! Abrazarle como excusa para besarle, mirarle; otra excusa para besarle. Mil excusas para besarle, y mil razones para abrazarme.

     Bonito, muy bonito. Nos despediríamos. Nos veríamos en la noche, compartiríamos toda la noche. Camino a mi casa, dolor de brazo. ¡Qué mordida tenía! Habría sido su boca, jodona y tentadora. Deseoso de verle otra vez, moría porque las horas pasaran, por abrazarle, por hablarle.

     ¡Nos encontramos!, nos abrazamos. Esta vez un par de cigarrillos acompañarían la conversación lejos del ruido, lejos de todos. La primera y única foto, horrible, de hecho. Resto de la noche juntos, sus amistades, las mías. Nada que decir, en medio de la borrachera, habría sido una buenísima noche.

     Detalles evadidos. . .

     Lunes, ¡maldito lunes! El infortunio llegaría, la tristeza comenzaría. Su sentir no se escondía. Sus dudas crecían. Su pasado, su dolor, su desconfianza, ¡Su miedo y cabrón miedo! Sería el fin, a mitad del día, en medio de todo el estrés, en medio de todos. Mensajes desgarradores, súplicas interminables. Decisiones cortantes.

     Extrañarle, peor contradicción. Querer buscarle, una gran ilusión. Soñando con que regrese a buscar lo que puede ser y decidimos que no sería. Anhelando mensajes que valoricen lo perdido. Viviendo, con deseos de vivirle, con  sueños de tenerle. Entre medio de todo, con vacíos de extrañarle a cada instante. Dejando historias a medias, porque historias sin deseos de su ser no pueden tener fin. A medida que suceden los días, duele, y duele sin remedio. Duele por miedo, por su miedo. Es triste que no confíe, es triste que no intente.

     Su idiotez, su maldita idiotez. Temer sin intentar, su frase principal. Obviar sin pensar, su acción más animal. Existe rabia, existen lágrimas. Coexiste amor, intenta sobrevivir la pasión...

     Un final que no es un final, una historia que a penas debía comenzar, dos vidas que se querían entrelazar. . .

Firma, Ramón Antonio. Veintinueve de abril del dos mil quince.

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