Viviendo a prisa.
No hace mucho tiempo que me adentré al mundo de la vida a prisas. Hace mucho menos que escuché una adulta de esas que hablan sabiduría decir, "Los jóvenes que estudian y trabajan, viven a prisa, viven en el carro. Son admirables". Desde ese momento, llevo una reflexión constante de lo difícil, pero placentero que es ser joven, intentos de independiente, y todo lo demás. Han pasado más de cinco semanas en las que llevo queriendo hacer esta reflexión y no he podido, no sé si es falta de tiempo o vagancia, creo que ambas. Hablaré de mi, aunque sé que muchos más vivimos lo mismo.
Han pasado dos años y casi seis meses desde que comencé mi aventura por el gran mundo universitario. Me fui lejos de mi familia, tuve muchos retos que afrontar, y de eso ya he hablado antes.1 No sé si se llamó suerte o merecido, pero al segundo semestre, fui contratado de instructor de tecnología, entonces, ya tendría un ingreso casi fijo a mi bolsillo, y una que otra mejor comodidad que antes. Así se mantuvo mi rumbo entre estudios, dar clase, coordinar clases, altibajos y otros encontronazos durante los próximos tres semestres. Todo parecía de película, dentro de todo, encontraba tiempo para dormir, ocio, escribir y ser un exitoso estudiante con la vida que a pocos le toca. En verano, decidí explorar otros rumbos, entonces, solicité trabajo a una compañía americana, la cual inmediatamente me empleó. Era verano, y todo sucedía excelente, tenía muchas horas de trabajo, lo cual generaba un buen y gran ingreso a mi economía cada vez más decadente. A la llegada de agosto, una nube comenzaba a plasmarse. De mi lado, estaba mi matrícula universitaria, solo estudiaría dos veces en semana este semestre, me quedarían cinco días para trabajar y descansar.
Primer día de clases, estudio de 7:00-5:30, recibo llamada para trabajar de 6:00-10:00pm, primer anuncio de la osadía.
Con el pasar de los días y las semanas, me correspondía cumplir con la labor académica, que usualmente va en aumento, y con el horario laboral, que cada día era más fuerte. Llegué a tener semanas en las cuales no comía en mi apartamento ni un solo día, no tenía ni un solo día libre, y mucho menos, tiempo para descansar. He aquí donde "comencé a vivir en el carro". Desde entonces, comenzaron días aún peores, en los cuales en mi carro se encontraban zapatos, chanclas, uniformes, calzones, alimento y un poco de desorden. Dejé de ver a mi familia como era usual, no veía a mis "housemates", solo durmiendo. Fue entonces cuando me hizo hueco emocional aquella frase de sabio viejo. Estaba viviendo con prisa, no sentía el tiempo pasar, sin embargo, el tiempo en mi rostro sí pasaba, y cada vez con más huellas. Vi como florecieran las ojeras menos sensuales que me he visto en mucho tiempo, las peores fueron las de una decaída infernal de anemia, pero estas, le hacían competencia, una terrible.
Somos jóvenes, esclavizados, de manera sutil, hacemos lo que nos viene en gana, o eso decimos, encontramos felicidad en sitios recónditos, y dormimos poco. He sabido, muchas veces, cada vez más seguidas, lo que es dormir cuatro horas y funcionar dieciocho, pero también, lo rico que es tocar tu cama, o la de algún particular, y dormir como bebé doce horas más. Esta vida, a quienes muchos le huyen y temen, es rica, cada día me he dado cuenta de lo mucho que me gusta todo lo que hago, aunque a veces, acepto que quisiera más tiempo libre, para ver mis particulares, o tal vez para dormir, no importa, sencillamente, tiempo sin nada 'en agenda'. No me encuentro en un momento infeliz, en cambio, me siento floreciendo y enamorado. En mi trabajo, puedo decir que soy feliz, que me gusta hacerlo, y por ende, nunca existe un no de mi parte, y tampoco cansancio o ganas de partir.
En medio de lo que algunos llamarán caos y otros llamamos vida a prisas, me he topado con amores, con bonitos días, con pésimos días, de todo un poco. Me encuentro de costumbre y de a poco, con la maleta siempre en el baúl, a veces vivo en mi apartamento, otras en camas amadas, y muy pocas veces lejos del ruido de la ciudad. Me disfruto cada viaje de campo a ciudad, la universidad, el amor, el trabajo, las flores, y todo lo que sigue floreciendo en mi. Sin más, insisto, ser joven adulto, libre, y lleno de amor, otro gran placer de esta puta vida.
Han pasado dos años y casi seis meses desde que comencé mi aventura por el gran mundo universitario. Me fui lejos de mi familia, tuve muchos retos que afrontar, y de eso ya he hablado antes.1 No sé si se llamó suerte o merecido, pero al segundo semestre, fui contratado de instructor de tecnología, entonces, ya tendría un ingreso casi fijo a mi bolsillo, y una que otra mejor comodidad que antes. Así se mantuvo mi rumbo entre estudios, dar clase, coordinar clases, altibajos y otros encontronazos durante los próximos tres semestres. Todo parecía de película, dentro de todo, encontraba tiempo para dormir, ocio, escribir y ser un exitoso estudiante con la vida que a pocos le toca. En verano, decidí explorar otros rumbos, entonces, solicité trabajo a una compañía americana, la cual inmediatamente me empleó. Era verano, y todo sucedía excelente, tenía muchas horas de trabajo, lo cual generaba un buen y gran ingreso a mi economía cada vez más decadente. A la llegada de agosto, una nube comenzaba a plasmarse. De mi lado, estaba mi matrícula universitaria, solo estudiaría dos veces en semana este semestre, me quedarían cinco días para trabajar y descansar.
Primer día de clases, estudio de 7:00-5:30, recibo llamada para trabajar de 6:00-10:00pm, primer anuncio de la osadía.
Con el pasar de los días y las semanas, me correspondía cumplir con la labor académica, que usualmente va en aumento, y con el horario laboral, que cada día era más fuerte. Llegué a tener semanas en las cuales no comía en mi apartamento ni un solo día, no tenía ni un solo día libre, y mucho menos, tiempo para descansar. He aquí donde "comencé a vivir en el carro". Desde entonces, comenzaron días aún peores, en los cuales en mi carro se encontraban zapatos, chanclas, uniformes, calzones, alimento y un poco de desorden. Dejé de ver a mi familia como era usual, no veía a mis "housemates", solo durmiendo. Fue entonces cuando me hizo hueco emocional aquella frase de sabio viejo. Estaba viviendo con prisa, no sentía el tiempo pasar, sin embargo, el tiempo en mi rostro sí pasaba, y cada vez con más huellas. Vi como florecieran las ojeras menos sensuales que me he visto en mucho tiempo, las peores fueron las de una decaída infernal de anemia, pero estas, le hacían competencia, una terrible.
Somos jóvenes, esclavizados, de manera sutil, hacemos lo que nos viene en gana, o eso decimos, encontramos felicidad en sitios recónditos, y dormimos poco. He sabido, muchas veces, cada vez más seguidas, lo que es dormir cuatro horas y funcionar dieciocho, pero también, lo rico que es tocar tu cama, o la de algún particular, y dormir como bebé doce horas más. Esta vida, a quienes muchos le huyen y temen, es rica, cada día me he dado cuenta de lo mucho que me gusta todo lo que hago, aunque a veces, acepto que quisiera más tiempo libre, para ver mis particulares, o tal vez para dormir, no importa, sencillamente, tiempo sin nada 'en agenda'. No me encuentro en un momento infeliz, en cambio, me siento floreciendo y enamorado. En mi trabajo, puedo decir que soy feliz, que me gusta hacerlo, y por ende, nunca existe un no de mi parte, y tampoco cansancio o ganas de partir.
En medio de lo que algunos llamarán caos y otros llamamos vida a prisas, me he topado con amores, con bonitos días, con pésimos días, de todo un poco. Me encuentro de costumbre y de a poco, con la maleta siempre en el baúl, a veces vivo en mi apartamento, otras en camas amadas, y muy pocas veces lejos del ruido de la ciudad. Me disfruto cada viaje de campo a ciudad, la universidad, el amor, el trabajo, las flores, y todo lo que sigue floreciendo en mi. Sin más, insisto, ser joven adulto, libre, y lleno de amor, otro gran placer de esta puta vida.