Crónica de un mal acostumbrado.
Ay, las personas... o seré yo. Qué fácil me resulta acostumbrarme a una persona que a penas conozco, qué difícil es alejarme de alguien, que aunque no me hace bien ni mal, me gusta tenerle. No se trata de gusto o interés alguno, es sencillo aferro, a una buena mente, a buenas conversaciones, a huir a la soledad. Le he cerrado de algún modo las puertas al amor, pero le dejo la ventana abierta, por si llega. Entre mis intereses no está conocer una persona, ni formular una relación. De otro modo, ha llegado un ser a mis días, hace poco más de dos semanas. Nombre común, de forma común... algún mensaje inesperado en alguna madrugada de insomnio, que cada vez son más frecuentes.
Han pasado los días, ni cuenta me he dado. Los mensajes no faltan durante el día, tampoco durante la noche; mucho menos durante la madrugada. Me agrada, bueno; me agrada el hecho de que esa conversación sin fin sobrelleva cualquier tema, trascendental o tonto; y me salva, me salva de mí, de mi huracán y de mi soledad. No sabe mucho de mí, nada más allá de mi edad, lo que estudio y un par de cosas que me gustan. Tampoco sé mucho de su persona, sencillamente; la conexión existe.
Son gratos sus mensajes, las disculpas por mensajes tardíos, y hasta los buenos días y las buenas noches. Bueno, soy un poco exagerado, y sí me importan los mensajes,me fijo en pequeños detalles y en cualquier tontería.
Tan pronto como ahora, por razones mías, ya no escribimos, y estúpidamente le extraño, estúpidamente quiero estar respondiendo sus mensajes, y sonriendo a la pantalla de mi celular. Siento querer volver y escribirle, sin que sepa que le extrañaba y que me regañe por mal hablado, o que me dé las buenas noches. Soy un mal acostumbrado, arrogante y sobretodo, iluso, para extrañarle un par de días más y luego no encontrar forma de enviar un mensaje, historias de todos; crónicas de un mal acostumbrado...
Han pasado los días, ni cuenta me he dado. Los mensajes no faltan durante el día, tampoco durante la noche; mucho menos durante la madrugada. Me agrada, bueno; me agrada el hecho de que esa conversación sin fin sobrelleva cualquier tema, trascendental o tonto; y me salva, me salva de mí, de mi huracán y de mi soledad. No sabe mucho de mí, nada más allá de mi edad, lo que estudio y un par de cosas que me gustan. Tampoco sé mucho de su persona, sencillamente; la conexión existe.
Son gratos sus mensajes, las disculpas por mensajes tardíos, y hasta los buenos días y las buenas noches. Bueno, soy un poco exagerado, y sí me importan los mensajes,me fijo en pequeños detalles y en cualquier tontería.
Tan pronto como ahora, por razones mías, ya no escribimos, y estúpidamente le extraño, estúpidamente quiero estar respondiendo sus mensajes, y sonriendo a la pantalla de mi celular. Siento querer volver y escribirle, sin que sepa que le extrañaba y que me regañe por mal hablado, o que me dé las buenas noches. Soy un mal acostumbrado, arrogante y sobretodo, iluso, para extrañarle un par de días más y luego no encontrar forma de enviar un mensaje, historias de todos; crónicas de un mal acostumbrado...